Movimiento Expresivo y Salud

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El movimiento expresivo es un medio para que la persona pueda realizar un proceso de exploración y autoconocimiento sobre sí misma, en busca de un desarrollo armónico con el que vivir de forma equilibrada. 
Con este trabajo se hacen visibles aspectos desconocidos de nuestra personalidad al identificarlos con trabas físicas y de expresión, pudiendo así liberar o flexibilizar dichas zonas y recuperando recursos de los que disponíamos y que hasta ahora eran desconocidos para nosotros. 
En movimiento expresivo contamos con las herramientas de la música y de las personas que acuden al taller, ya sean instructores o participantes. Mediante la música accedemos a una vía de expresión universal, pues el lenguaje de la música hace que, por ejemplo, una obra de Chopin evoque emociones parecidas en nosotros o en un aborigen australiano. A través de ella podemos entrar en contacto con obras creadas hace muchos siglos o en culturas muy lejanas, o bien rememorar aspectos muy cercanos o familiares con la música que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida. Es un diálogo con el que nos expresamos que va más allá del tiempo y de la cultura, y que puede despertar en nosotros sensaciones y sentimientos ancestrales, como ocurre cuando uno se ve a sí mismo fuerte, instintivo, pisando el polvo de la tierra cuando está sonando un ritmo tribal. Así se activan los reflejos que teníamos dormidos o latentes y que ahora pasaran a formar parte de nuestra plástica corporal y expresiva. 
Además, la música por si misma tiene un ritmo al que nos podemos unir dejándonos llevar y cediendo el control del movimiento al centro motor, dejando así que descanse el centro intelectual, que por un rato no necesitará llevar el control de la situación. Conseguir esto, además de ser relajante, proporciona una gran sensación de equilibrio. 
Lo que también ayuda al descanso de la mente es la imitación de los instructores, ya que los participantes únicamente tienen que ocuparse de moverse, sin preocuparse de si lo hacen bien o mal, y sin necesidad por tanto de utilizar las ideas o pensamientos para decidir o dirigir, pasando de esta manera la mente a ocupar un lugar de la misma importancia que ocupa el resto de nuestro ser: cuerpo, mente y emoción. 
La imitación, principal forma de aprendizaje de los humanos, ayuda a incorporar nuevos matices a nuestra propia plástica. Pensamos que el carácter de cada persona está fijado en el cuerpo, y al incorporar nuevos movimientos o formas de expresión, también el carácter queda en alguna medida modificado, enriqueciendo con ello nuestras formas de respuesta ante los estímulos que nos ofrece la vida. Cuando en el transcurso de un taller expresamos, con todo el cuerpo y toda la voz, emociones que normalmente no se expresan, se descargan tensiones acumuladas y se aflojan las trabas que nos dificultan o nos restan libertad en la satisfacción de nuestras necesidades vitales.

La recuperación del organismo

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A mi entender el hombre completo retorna a la experiencia sensorial y visceral básica, fiándose de todo aquello que le pasa. Cuando esto no es así nos encontramos ante un hombre confundido, dividido entre aquello que está sintiendo y los pensamientos que tiene para regañándose por sentir esto. Sus decisiones se basan más en lo que esperan los demás de él que en lo que quiere él para sí. Esto es así incluso para aquellos que se esfuerzan en contradecir las expectativas ajenas, pues sigue teniendo a los demás en su mirada en lugar de observarse a sí mismo. Dejar de lado lo que los demás esperan significa poder preguntarse ¿qué me pasa? ¿qué quiero? y poder ver de forma realista las satisfacciones e insatisfacciones que cualquier acto me producirá.
Ser realista no es otra cosa que poder ver con absoluta claridad lo que me pasa, aceptando con ello que las cosas no siempre ocurren como creo que deberían suceder, sino que simplemente sucede lo que sucede. Por ejemplo, yo creo que debería amar incondicionalmente a mis padres, pero me doy cuenta de que no sólo experimento amor hacia ellos, sino que también experimento un amargo resentimiento. Aceptar esto significa poder mirarme a mí mismo como una persona que experimenta libremente amor y resentimiento.
Cuando recuperamos la experiencia sensorial y visceral empezamos a equilibrar nuestra manera de estar en el mundo. No filtramos lo que nos ocurre para que la realidad se ajuste a lo que debería ser, sino que junto a “lo que se espera de nosotros” también se tiene en cuenta “lo que nos pide el cuerpo.” Unimos por tanto las reacciones viscerales y sensoriales que tenemos como integrantes del reino animal con las necesidades de socialización que nos hacen humanos. Con esto nos hacemos conscientes de las exigencias culturales, de las necesidades fisiológicas, del deseo de establecer relaciones amistosas, del afán de enaltecerse, de la necesidad de ternura y al mismo tiempo de la hostilidad hacia los otros… Tener todo ello en cuenta, que está sucediendo al mismo tiempo lleva a una conducta equilibrada, realista y estimulante para nosotros y para los demás.
Las decisiones que tomaré en este caso las haré a partir de toda la información que tengo a mi alcance. Conociendo mis propios sentimientos e impulsos, a menudo complejos y contradictorios, las exigencias sociales y lo que me ha ocurrido en el pasado en situaciones parecidas, puedo elegir aquello que más plenamente satisfaga mis necesidades. Una decisión de este tipo no está exenta de equivocación. Puedo elegir mal, pero si mi actitud es la de estar actualizado según la realidad del momento puedo corregir más rápidamente las decisiones erróneas.
En la mayoría de nosotros, los problemas que interfieren en las decisiones provienen de incluir en la consideración elementos que no forman parte de nuestra experiencia y excluyendo otros elementos que sí que la integran. Así por ejemplo una persona puede “pensar” que es capaz de controlarse con la bebida si solo toma una copa de vino, pero si se abre a su experiencia anterior puede darse cuenta de que esto realmente no es así. La persona que descubre que su organismo es digno de confianza siente menos temor hacia sus propias reacciones emocionales aumentando la confianza y el afecto que le despiertan la variedad de sentimientos y tendencias que en él existen. La conciencia deja de controlar un conjunto de sentimientos peligrosos e imprevisibles y acepta la variedad de impulsos, sentimientos y pensamientos que sirven de guía para vivir la vida de manera satisfactoria.

Abrirse a la experiencia

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Tras un proceso terapéutico uno de los cambios que advierte el cliente es el de poder abrirse a la experiencia, en contraste con la actitud de defensa que probablemente había estado manteniendo hasta ahora. 
La experiencia es lo que percibimos del exterior y lo que ocurre en nuestro interior con eso que recibimos del exterior. Esta experiencia es más rica o más pobre en función de la capacidad que tengamos de registrar lo que acontece dentro o fuera de nosotros. Está demostrado que únicamente podemos percibir a través de nuestros sentidos aquellos datos sensoriales que se ajustan a nuestra auto-imagen; el resto de información no la podemos percibir o la distorsionamos por no poder encajarla. Cuando podemos cuestionar esa imagen que tenemos de nosotros mismos, cuando podemos aceptar que quizás la realidad no es lo creemos, es cuando empezamos a flexibilizarnos y a aceptar la experiencia. 
Para ilustrar esto tomemos un caso del que habla Carl Rogers. Se trata de un hombre que llega a terapia sin poder sentir dolor ni malestar libremente, pues estar enfermo significaba, según su código de creencias, ser inaceptable. Tampoco podía sentir amor ni ternura hacia su hija, pues estos sentimientos demostraban debilidad, en contraste con la fachada de fortaleza que él creía que debía mantener. Con el avance de la terapia llegó a aceptar las experiencias de su organismo, a sentir que estaba cansado cuando experimentaba cansancio, a manifestar dolor cuando notaba dolor en el cuerpo, a sentir con libertad el amor que su hija le inspiraba o bien sentir y expresar fastidio hacia ella si era esto lo que le estaba ocurriendo. Pudo vivir plenamente las experiencias de su organismo sin excluirlas de su percepción. 
Aceptar la experiencia es hacernos conscientes de nuestros propios sentimientos y actitudes tal como nos están sucediendo a nivel orgánico, así como percibir con mayor nitidez la realidad del entorno con el que estamos interactuando. Así podemos ver que no todos los árboles son verdes, que no todo el mundo nos rechaza o que las experiencias de fracaso no demuestran nuestra inutilidad pues somos capaces de apreciar y dar valor a los éxitos que conseguimos. En las situaciones nuevas somos capaces de aceptar los hechos tal como son y no los distorsionamos con el objeto de que se ajusten al modelo que nos sirve de guía. Esta capacidad de abrirse a la experiencia nos vuelve más realistas en nuestra actitud frente a la gente y a las situaciones y problemas nuevos, es decir, las creencias pierden rigidez y podemos así tolerar la ambigüedad y soportar gran cantidad de pruebas contradictorias sin vernos obligados a poner fin a la situación.

¿Qué es ser uno mismo

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Poder ser uno mismo o encontrarse a sí mismo es el asunto de base que afecta a la mayoría de personas que acuden a terapia, más allá incluso del problema que les ha traído a terapia (problemas de pareja, de trabajo, de relaciones…) Así lo afirma Carl Rogers en su libro El proceso de convertirse en persona, en el que explica su punto de vista experto sobre lo que significa ser uno mismo y qué es lo que aparece cuando uno se despoja de sus máscaras.
En el proceso de terapia el cliente se da cuenta de que en gran medida sus sentimientos y su conducta son irreales y no se originan en las reacciones de su organismo, sino que esta conducta es una máscara o fachada tras la que se está escondiendo. Descubre que su orientación en la vida sigue unos preceptos que intentan convertirle en la persona que cree que debería ser y no se guía por lo que es en realidad. Se puede dar cuenta de que se mueve por las exigencias ajenas y que parece no tener motor propio, ya que trata de pensar, sentir y comportarse de la manera que los demás creen que debe hacerlo. Según el filósofo Sören Kierkegaard la forma más profunda de desesperación es la del individuo que ha elegido ser diferente de sí mismo.
Está exploración y búsqueda de sí mismo es dolorosa y difícil, pues se enfrenta a la tarea de tener que abandonar actitudes cuya falsedad antes ignoraba. Deshacerse de esta máscara que antes consideraba real puede ser muy perturbador, y sin embargo la persona siente esta necesidad de avanzar para llegar a encontrar el sí mismo. Esta labor es más fácil en terapia, cuando siente que tiene libertad de pensar, de sentir y de ser. Cuando una persona experimenta plenamente los sentimientos de que ES en el nivel orgánico se da cuenta de que está viviendo plenamente, sintiéndose segura al sentir una parte de su sí mismo auténtico.
En la vida existen múltiples razones surgidas del pasado o del presente, o bien razones sociales, que hacen que parezca demasiado peligroso experimentar libremente y de forma completa actitudes y sentimientos que surgen de nuestro organismo. Sin embargo, gracias a la seguridad y a la libertad que ofrece la relación terapéutica pueden ser vivenciados con plenitud y con conocimiento de los límites que representan. Cuando una persona llega a experimentar todas las emociones que surgen organísmicamente de manera consciente y abierta, se experimenta a sí misma con toda la riqueza que en ella existe. Se ha convertido en lo que es.
Llegar a ser uno mismo, por tanto, es dejar de ser una fachada conformista con los demás, dejar de negar cínicamente los sentimientos o de llenar estos de racionalismo intelectual. Se trata de ser un proceso vivo que respira, siente y fluctúa. Ser uno mismo implica descubrir la unidad y armonía existentes en los verdaderos sentimientos y reacciones que le surgen, y no tratar de imponer una máscara a su experiencia o distorsionar su verdadero significado. Se trata de descubrirse naturalmente en las experiencias propias, sin pretender imponerse a ellas.

Terapia y resistencia

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Para la terapia Gestalt, la resistencia tiene una importante función para conservar el equilibrio y la integridad del organismo. No se la considera una herramienta o un mecanismo de la persona, sino que se trata de la expresión de esa persona, su manera de vivir una situación determinada. No se trata por tanto de deshacer la resistencia para que aparezca “el de verdad”, sino que la resistencia y el resistido son lo mismo. En palabras de Kepner, “las resistencias en terapia Gestalt son tomadas como expresiones activas de vitalidad”. 
Aún con esto que acabo de decir, la resistencia tiene algo de indeseable, pues pone freno a la intención de cambio; y sin embargo no se desea eliminarla, pues en caso de poder hacerlo se eliminaría una capacidad de la persona. El trabajo que se quiere hacer entonces con ellas es traerlas a la conciencia. La mayoría de las resistencias no son conscientes ni son reconocidas, ocurren de forma automática y en consecuencia no es posible elegir sobre su expresión. No sirven para adaptarse a entornos diferentes a aquel entorno en el cual se aprendieron. Poner la resistencia al servicio del organismo pasa por hacerla plenamente consciente, aceptada y expresada.

Cansados

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El filósofo Byung-Chul Han en su ensayo,  La sociedad del cansancio, hace una reflexión sobre la sociedad de comienzos de siglo que nos está tocando vivir. En él argumenta que el exceso de positividad trae consigo alteraciones como falta de atención, exceso de actividad, decaimiento y desmotivación ocupacional.

En el siglo pasado existía la tendencia a intentar erradicar todo lo que era extraño a nosotros. Se establecía un mecanismo parecido al procedimiento inmunológico, en el que las defensas del sistema  guerreaban contra lo extraño, aun cuando lo extraño no tubiera ninguna intención hostil. Lo extraño se eliminaba a causa de su otredad. A esta dinámica el autor lo llama negatividad, es decir, negar aquello que nos es extraño. En la sociedad actual las dinámicas son distintas. Los inmigrantes, por ejemplo, ya no se consideran peligros reales, a lo sumo se les considera una carga. Al desaparecer la otredad lo que ocurre es que se da un exceso de positividad con ausencia de lo extraño. La violencia no viene sólo de lo extraño, sino también de lo idéntico. Existe una obesidad del sistema: sistemas de información, de comunicación y de producción. El problema con esto es que ante lo idéntico, ante el exceso, el sistema no detecta ninguna amenaza y por tanto no se produce reacción inmunitaria alguna. Citando a Baudrillard: “En una fase de penuria nos preocupamos de absorber y de asimilar. En una fase pletórica el problema consiste en rechazar y en expulsar. La comunicación generalizada y la superinformación amenaza todas las defensas humanas.” No existe una defensa más indefensa que la que no sabe de qué tiene que defenderse.

El exceso de positividad implica un hacer desmesurado. Es la época de la superproducción, el superrendimiento y la supercomunicación, que lo que producen son agotamiento, fatiga y asfixia por sobreabundancia. Esta violencia no se despliega ante un enemigo, ante lo extraño, sino que se da en el seno de una sociedad permisiva y pacífica. Por esto es menos visible que la violencia viral. Es esta una sociedad en la que nos sentimos mal y además nos sentimos culpables por sentirnos mal, pues tenemos todo lo que podemos desear, lo cual nos quita todo derecho a ese malestar.

La sociedad del siglo XXI ya no es una sociedad tan disciplinaria como la del siglo pasado, sino que es una sociedad del rendimiento. Ya no se trata de obedecer sino de rendir, y además de rendir ante nosotros mismos. Se trata de ser poderosos, en el sentido de poder con todo. Se remplaza la prohibición, el mandato y la ley por los proyectos, las iniciativas y la motivación. De esta manera si en la sociedad autoritaria se generaban locos y criminales, en la sociedad del rendimiento lo que aparecen son los depresivos y los fracasados.
El paradigma que impera es el del rendimiento, un mandato positivo de tú puedes hacerlo. Productivamente este mandato es mucho más eficiente que el imperativo negativo del siglo pasado debes hacerlo. Además, este sujeto sigue disciplinado, pero disciplinado por él mismo. El individuo está obligado a la iniciativa personal, a devenir él mismo, pero esto precisamente es el origen del sentimiento de fracaso, pues no se siente a la altura, está cansado debido a la presión por el rendimiento. Es un hombre que se explota a sí mismo, voluntariamente y sin coacción externa. La autoexplotación es mucho más eficaz que la explotación por parte de otros, pues va acompañada de la idea de libertad. Tampoco en esto existe otredad. El verdugo y la víctima se dan en el mismo individuo. El cansancio es negado, no se puede no poder más, pues en la sociedad lo que impera es la creencia de que nada es imposible. No poder más le lleva al reproche de sí mismo y a la autoagresión.

Ante este desenfreno de actividad, de “maquinalización” del ser humano para que funcione sin alteraciones y rindiendo al máximo, se puede llegar a justificar el uso de sustancias dopantes y drogas inteligentes. Un cirujano que haga uso podrá concentrarse mejor y salvar más vidas humanas.  Pero este proceso produce un cansancio y un agotamiento excesivos.

Handke escribe sobre la soledad y aislamiento de este cansancio:  “… los dos estábamos cayendo ya, cada uno por su lado; cada uno a su cansancio más propio y particular, no al nuestro, sino al mío de aquí y al tuyo de allá. Es un cansancio impotente, incomprensible, que no permite ni mirar ni hablar al otro. Continúa escribiendo:
 No, no le hubiera podido decir: “Estoy cansado de ti”, ni siquiera un simple “¡Cansado!” (lo que como grito común, tal vez nos hubiera podido liberar de nuestros infiernos particulares). Estos cansancios nos quemaban la capacidad de hablar, el alma.
Este cansancio destruye toda comunidad, toda cercanía, todo diálogo. “Aquel tipo de cansancio – sin habla – forzaba a la violencia. Esta tal vez se manifestaba solo en la mirada que deformaba al otro.”

La conclusión que puedo sacar de este libro es que no queda más salida que entregarse a este cansancio, un cansancio silencioso, rendido a las limitaciones de lo humano, en el que se pueda mirar al mundo y a uno mismo. Un cansancio profundo que nace del parar, del mirar, del poder decir No. “El cansancio era mi amigo. Yo volvía a estar ahí, en el mundo” Dejar que surja la inspiración de este cansancio, permitirse no hacer, permitirse ser una persona cansada en lugar de una persona vencedora. No se trata de saber lo que hay que hacer sino de saber lo que se quiere dejar.

El cansancio profundo afloja la atadura de la identidad. Deja de existir esa separación e incomunicación  que divide a unos y otros. No se trata de un cansancio del Yo, sino un cansancio del nosotros. No estoy cansado de ti, sino contigo. “De este modo estábamos cansados y, hablando o callados, disfrutábamos del cansancio común. Una nube de cansancio, un cansancio etéreo nos unía entonces.”


El cansancio del agotamiento es el cansancio que pertenece a la potencia positiva. Incapacita para hacer algo. El cansancio que inspira es el que pertenece a la potencia negativa, el que dice No. Un cansancio que desarma en el que la determinación deja paso a un sosiego. Quizás la sociedad venidera sea la sociedad del cansancio. Cansancio de mí mismo, cansancio de lo que no me ayuda, cansancio de tantas necesidades inservibles…


Crisis y ego

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Para poder entender cómo evoluciona la vida de un ser humano se han tenido que hacer diversos modelos teóricos que intenten explicarlo. Quizás de esta manera se satisfagan un poco las necesidades de comprensión de lo que somos y se calmen al mismo tiempo las sensaciones de insignificancia ante lo inabarcable del misterio humano.
Uno de estos modelos, que además me parece muy fácilmente comprensible, es el que habla de ego y de esencia, palabras que grosso modo describen lo que una persona es (cuando hablamos de ego) y lo que podría ser (cuando hablamos de esencia). El mecanismo es más o menos el siguiente:
Cuando somos concebidos tenemos unas posibilidades de ser, somos esencia. Podemos ser valientes, miedosos, simpáticos, antipáticos, resolutivos, tranquilos, etc. Tenemos la posibilidad de ser cualquier cosa que nos venga bien ser en el momento que estemos viviendo. Pero una de las características de esta esencia, como seres vivos que somos, es la vulnerabilidad. De modo que estando en gestación esta esencia ya se está viendo, en muchos casos, amenazada; está poniendo a prueba su vulnerabilidad al formar parte de otro ser humano, la madre, que está sintiendo sus propias emociones y sensaciones algunas de ellas displacenteras. Esta vulnerabilidad se hace mucho más patente al entrar en contacto con el mundo. Se producen entonces las heridas en este ser esencial, que según el eneagrama son básicamente tres heridas: la herida de muerte o miedo a morir, la herida de vida o miedo al futuro y las dificultades de la vida, y la herida de amor o miedo a que no me quieran y me abandonen.
A la vista de esto, al sentirnos heridos cuando nos encontramos en el mundo y en sociedad, nos protegemos. La defensa que establecemos para poder adaptarnos al entorno en que nos movemos es el ego, personalidad o identidad. El ego por tanto es funcional y se centra en lo que es una amenaza, y tiene éxito sobre todo en el primer entorno, en los momentos en que más vulnerables somos. Y ante estas amenazas vamos repitiendo una manera de defendernos. Adoptamos un comportamiento que se va fijando y que reduce por tanto la plasticidad en las reacciones. Si nos vemos como miedosos ya no podemos vernos como valientes, si nos vemos como tranquilos ya no nos vemos impetuosos,… Reducimos las posibilidades de ser porque sólo nos atrevemos a ser, o nos resulta más fácil ser, de la forma en que nos funcionó en el pasado.
Y así podríamos vivir tranquilamente durante toda la vida si el entorno fuera siempre como lo fue al principio, es decir si siempre fuéramos niños y nuestros padres y hermanos no envejecieran. Pero ocurre que con la edad nos vamos enfrentando a diferentes momentos de crisis, que no es otra cosa que la constatación práctica de que aquello que tan bien nos había servido no sirve para todas las ocasiones. Las crisis traen consigo malestar en forma de culpa, crítico interior, miedo… que son las dificultades debidas a la necesidad de salir del camino al que el ego nos tiene acostumbrados. Lo bueno de esto es que no se trata de machacar al ego ni de dejar de ser como somos, sino que sencillamente se trata de poder probar nuevas maneras de hacer más apropiadas para las nuevas situaciones. Es en estos momentos cuando el ego se convierte en un don, en el sentido de que siempre habrá unas cosas que sabremos hacer mejor que las demás. Si por ejemplo desde pequeño aprendí a ser responsable y de mayor me he encontrado con problemas por ser “siempre” así (ansiedad, preocupación excesiva,…) y cuando entro en crisis me permito ser irresponsable (soy capaz de soltar algunas cosas que me pesan demasiado), el ego, ser responsable, será el don, puesto que para mí me resultará fácil ser responsable en los momentos en que necesite ser así.
Nos encontramos así con que el ego también forma parte de la esencia. No se trata por tanto de restar de nosotros esta manera de ser que nos está trayendo problemas, sino de sumar nuevas maneras de estar en el mundo que nos ayuden a ampliar lo que ya somos. Y todo esto se puede hacer en pos de nuestra libertad y el amor hacia nosotros mismos. Al ego se le agradece que esté ahí, que nos haya protegido y ayudado a sobrevivir reconociéndole el trabajo hecho, y como adultos hacernos cargo de las incomodidades de las nuevas experiencias con la intención de que nos sirvan para poder seguir viviendo de una forma más plena. Es un camino sin fin para seguir aprendiendo, en que el ego se irá relajando o más bien flexibilizando y acercando cada vez más a la esencia, que no es otra cosa que la libertad para vivir desde el amor por la vida.

Todo en la vida es cine

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¿Cuantas veces hemos escuchado la frase "tienes que ser tu mismo" como un consejo bien intencionado para hacernos sentir mejor? Y a pesar de la buena intención de este consejo no siempre se sabe que hacer con él porque al final uno se pregunta ¿… y cómo hago para ser yo mismo? Como mínimo es un consejo que crea cierto aturdimiento que recuerda al del pobre Hamlet, que acabó hablando con una calavera intentando dilucidar alguna cuestión filosófica de este estilo, porque claro cuándo no estoy siendo yo mismo ¿Quién demonios estoy siendo?  Uno tiende a pensar que estoy siendo algo que no soy yo o que mi cuerpo está siendo ocupado por un ente al que se debería desalojar.
La cuestión de ser yo mismo es algo parecido al asunto de la autenticidad, una especie de objetivo deseable para conseguir la felicidad y la armonía con uno mismo, y sin embargo algo muy difícil de alcanzar, pues como objetivo resulta altamente etéreo e inconcreto y que no se sabe muy bien como alcanzar. La idea de autenticidad lleva aparejada su contraria, la falsedad, y con ello todas sus connotaciones negativas: poco valor, sin calidad y digna de erradicar. Y si pensamos esto de nosotros mismos cuando creemos que hay algo en nosotros que no es auténtico creo que tenemos asegurada una buena dosis de sufrimiento.
Nos esforzamos incansablemente ser más así y menos asá. Queremos quitarnos partes de nosotros que no queremos y queremos adquirir otras cosas o virtudes que nos parecen ideales por creer que nos iría bien tener: hay cosas que queremos sentir y cosas que no, zonas corporales que queremos tener y zonas que no… Nos dividimos a nosotros mismos como si fuéramos una película de buenos y malos esperando que al final de "peli" sean los buenos los que ganen, pero la realidad es que para que esta "peli" en concreto exista tiene que haber buenos y tiene que haber malos, sino no hay "peli". Quiero decir con esto que lo bueno y lo malo que hay en nosotros, lo que nos gusta, lo que no y los intentos que hacemos por cambiarnos, es una expresión de nosotros mismos, parte esencial de nuestra integridad que pertenecen a nuestra existencia.
Quizás sea este el asunto, poder ver que cada uno vivimos la vida según un guion, a ratos escrito por nosotros y que en otros momentos parece estar todo escrito, pero que es nuestro guion al fin y al cabo. No es tan importante entonces los buenos o los malos que aparecen en ella, sino que es así y no de otra manera como cada uno de nosotros vivimos nuestra vida.
Se trata entonces de poder vernos con todo esto que somos: cuando nos gustamos y cuando no nos aguantamos, cuando nos encanta la vida y cuando nos parece el colmo de la "cutrez", cuando de repente todo tiene sentido o cuando todo es un sinsentido…
Y entonces ¿Qué se hace con todo esto? Pues lo que nos de la gana de hacer. Podemos intentar mejorar, intentar ser nosotros mismo o podemos pasar de todo; da igual, pues queramos o no lo queramos estaremos viviendo nuestra vida. Es esta una reflexión para la que no tengo una conclusión. Cada uno tendrá la suya. A mi particularmente me va bien sentarme en el patio de butacas y cuando me surge la pregunta ¿ser o no ser? poderme decir ¡ah! ¡va de eso la peli!

Cuerpo y movimiento expresivo (2ª parte)

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Lugares donde poder realizar Movimiento Expresivo:
En Barcelona - http://www.locorporal.com/el-estudio/
En Lloret de Mar - http://www.vida.cat/

Charla impartida en Girona por invitación de Grup Vida y con motivo de les "1es Jordades de Felicitat i Benestar"

Con el movimiento expresivo ponemos al cuerpo en movimiento porque esa es nuestra naturaleza, es así como vamos adquiriendo la comprensión del mundo y nos integramos en él. Somos ir y venir, expansión y contracción, acción y quietud… Somos seres individuales y a la vez somos el mundo, y como tal nos movemos.
A diferencia del tipo de movimiento que se da en el deporte (con movimientos precisos, en tensión y sostenidos), el movimiento terapéutico induce a encontrar la necesidad sea cual sea: gritar, reír, descansar… sin la necesidad de hacerlo bien, sino con la convicción de que cada participante hace lo que puede. En la continuidad de sesiones se van adoptando plásticas nuevas enriquecidas por la presencia del grupo. La música y las personas nos inspiran. No dejamos de ver como una misma música o un mismo baile es vivido de forma diferente por cada uno de nosotros porque es el eco de las infinitas posibilidades que tenemos a nuestro alcance más allá de lo que ya conocemos, algo diferente a “lo de siempre”. Permitir al cuerpo explorar un nuevo ritmo, seguir una melodía, imitar la plástica del otro, es un estímulo novedoso, una invitación a expandir antiguos circuitos neuronales y a crear otros nuevos. El trabajo con el movimiento expresivo permite ampliar el conocimiento sobre las percepciones, del mismo modo que un masaje no actúa únicamente sobre la zona que lo está recibiendo, sino que activa otras zonas del organismo abriendo conexiones de diferentes niveles emocionales, somáticas y cognitivas.
Hacemos además teatro o jugamos en los movimientos que proponemos: gritamos enfadados o le “hacemos butifarra” a los otros, con la libertad que da hacer algo “de mentira” pero que al mismo tiempo permite expresar cosas que no podemos expresar en ningún otro contexto, teniendo con esto una vivencia interna que facilitará el camino hacia una manifestación más espontánea de lo que nos está ocurriendo.
Con el movimiento expresivo queremos aprovechar el hecho de que nuestras conexiones neuronales se están remodelando constantemente a lo largo de nuestra vida y tenemos con ello la posibilidad de continuar aprendiendo; somos seres creativos capaces de adaptarnos a un mundo en constante cambio y movimiento en el que nada perdura. Es esta neuroplasticidad la que nos permite ser libres, es decir, experimentar nuevas formas de vivenciar las situaciones y seguir en menor medida los dictados de nuestros viejos condicionamientos. Estamos biológicamente preparados para todo esto, y probablemente lo único que nos impide esta libertad es saber que esta es posible y además apostar por ella.

Cuerpo y movimiento expresivo (1ª parte)

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Lugares donde poder realizar Movimiento Expresivo:
En Barcelona - http://www.locorporal.com/el-estudio/
En Lloret de Mar - http://www.vida.cat/


Charla impartida en Girona por invitación de Grup Vida y con motivo de les "1es Jordades de Felicitat i Benestar"

El movimiento expresivo tiene como objetivo el aporte de bienestar. Un bienestar inmediato provocado por la renovación de energía que se concreta en sensaciones de alegría vital o de descanso por haber descargado emociones contenidas, pero tiene además otros efectos de maduración lenta que están relacionados con el crecimiento personal y que normalmente sólo percibimos al comprobar nuestra evolución en el tiempo.
Trabajamos con el cuerpo no por una cuestión de primar este por encima del pensamiento y la emoción, sino porque en realidad todo tiene lugar dentro del cuerpo. Separar entre cuerpo, pensamiento y emoción es hacer una falsa distinción, ya que las personas somos una unidad indivisible. Lo único que podemos hacer es poner la atención en un lugar u en otro pero teniendo en cuenta que sólo estamos observando un fragmento de nosotros mismos. Hay una total interdependencia entre sentir, conocer, emociones y razón. Todo el cuerpo interviene en el conjunto de operaciones necesarias para, por ejemplo, resolver una operación matemática o enamorarse. Por tanto,  los procesos neuronales que experimentamos como mente tienen lugar en el cuerpo. Además los procesos cognitivos, que a priori parecería que únicamente implican a la razón, no son tampoco independientes de los sentimientos y los instintos.
Y con todos estos fenómenos que sin cesar nos están ocurriendo el cuerpo se moldea a lo largo de nuestra vida. Todas nuestras experiencias tienen un registro corporal, y como si del cincel de un escultor se tratara, cada experiencia contribuye a crear la manifestación corporal más adecuada a nuestra experiencia de vida: la postura. Es el resultado de una respuesta creativa a las circunstancias que nos tocan vivir. No hay por tanto errores en la postura corporal.  Si por ejemplo, de niño fui maltratado afectivamente y me quedé convencido de que abrir mi corazón me llevará a más dolor, resultará coherente y funcional que yo me cierre, que mi pecho se hunda, que mis piernas se mantengan rígidas y tensas… En aquellos momentos fue una opción sabia adoptar esta postura para poder neutralizar el dolor de este rechazo afectivo. Y en el momento actual sigo bloqueando lugares estratégicos de mi cuerpo para protegerme de la frustración y el dolor debido a esa costumbre que adquirí y que en tiempos me sirvió para lo que yo estaba necesitando.
Pero estos bloqueos implican una disminución de la circulación energética en algunas zonas y la consecuente congelación de las emociones vinculadas a dichas zonas. Algunas funciones de mi cuerpo quedan disminuidas, dejando de ser yo mismo y pasando a ser un personaje fijado en músculos, huesos y vísceras, es decir, vivo interpretando un papel según el traje a medida que me he fabricado con mi cuerpo. Cada persona acaba teniendo su propia postura, su propia actitud corporal ante las emociones. Ante el miedo hay personas que no respiran, personas que viven alerta, personas que sacan pecho,… Diferentes soluciones ante circunstancias similares. Con el movimiento expresivo podemos relajar los bloqueos (corazas musculares según Reich) y dejar así que surjan emociones que están acordes con el devenir de nuestra vida y que sin embargo solemos contener, esto es, integrar lo que acontece en el cuerpo con lo que acontece en el ambiente.
El cuerpo expresa nuestra historia, pero también lo que somos en este momento y lo que pensamos de nosotros mismos, y por consiguiente, cada evolución o cambio en nuestra manera de sentir y pensar serán acompañados de cambios en el corporales que no siempre serán evidentes a simple vista por muy profundos que estos sean.
Hay evoluciones en nuestro ser que intentamos provocar cuando, respondiendo a nuestras necesidades de adulto, descubro que esa antigua funcionalidad corporal y caracterial ya no me sirven para seguir llevando una vida plena. Descubro que seguir cerrado a los otros por miedo a ser dañado no me permite abrirme al amor o no me permite sentirme seguro en mi trabajo. Y descubro también que en la escultura de mi vida queda mucho por hacer y si bien asuntos clave de mi biografía no los decido yo, si que puedo quizás poner en duda que aquella solución que encontré ante determinadas dificultades sea en estos momentos la única solución. Y estos descubrimientos o cuestionamientos sobre nuestra manera de funcionar a los que probablemente hemos llegado por la vía cognitiva o la vía emocional son también sostenidos por un soporte somático. Lo que hacemos al trabajar sobre el cuerpo es flexibilizarlo y proporcionarle nuevas experiencias individuales y de grupo. 
Con el movimiento expresivo ponemos al cuerpo en movimiento porque esa es nuestra naturaleza, es así como vamos adquiriendo la comprensión del mundo y nos integramos en él. Somos ir y venir, expansión y contracción, acción y quietud… Somos seres individuales y a la vez somos el mundo, y como tal nos movemos.

Bibliografía recomendada:
El análisis del carácter, Alexander Lowen
Ternura y agresividad, Juan José Albert

Impermanencia

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El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se hace cada vez más aguda. ¡Qué amargura!



¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance! Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente.
Chuang Tzu


Texto de "El libro tibetano de la vida y de la muerte" – Sogyal Rimpoché

¿Quiénes somos? Creemos en una identidad personal, única e independiente, pero, si nos atrevemos a examinarla, comprobamos que esa identidad depende por completo de una interminable colección de cosas que la sostienen: nuestro nombre, nuestra biografía, nuestra pareja y familiares, nuestro hogar, nuestros amigos, nuestro dinero… Es de este frágil y efímero sostén de lo que depende nuestra seguridad. Así que cuando se nos quite todo eso ¿tendremos idea de quienes somos en realidad?

Sin nuestras propiedades conocidas quedamos cara a cara con nosotros mismos: una persona a la que no conocemos, un extraño inquietante con quien hemos vivido siempre pero al que en el fondo nunca hemos querido tratar. ¿Acaso no es ese el motivo de que tratemos de llenar cada instante de ruido y actividad, por aburrida y trivial que sea, para evitar quedarnos a solas y en silencio con ese desconocido?

Vivimos bajo una identidad asumida en un neurótico mundo de cuento de hadas. Hipnotizados por el entusiasmo de construir, hemos edificado la casa de nuestra vida sobre cimientos de arena. Este mundo puede parecer maravillosamente convincente hasta que la muerte nos destruye la ilusión y nos saca de nuestro escondite. ¿Qué será entonces de nosotros si no tenemos la menor idea de ninguna realidad más profunda?

La vida puede ser hueca y fútil cuando se funda en una falsa creencia sobre la continuidad y la permanencia. Cuando vivimos así nos convertimos en inconscientes cadáveres vivientes.

La mayoría vivimos según un plan preestablecido. Pasamos la juventud educándonos. Luego buscamos un trabajo, conocemos a alguien, nos casamos y tenemos hijos. Compramos una casa, procuramos que nuestro negocio tenga éxito, intentamos realizar sueños, hacemos proyectos para nuestra jubilación… Los mayores dilemas que algunos de nosotros hemos de enfrentar es dónde pasar las próximas vacaciones.

Nuestra vida es monótona, mezquina y repetitiva, desperdiciada en la persecución de lo banal, porque al parecer no conocemos nada mejor.

El ritmo de nuestra vida es tan acelerado que en lo último en que se nos ocurriría pensar es en la muerte. Sofocamos nuestro miedo secreto a la impermanencia rodeándonos de más y más bienes, de más y más comodidades, hasta que nos vemos convertidos en sus esclavos. Necesitamos todo nuestro tiempo y toda nuestra energía simplemente para mantenerlos. Nuestra única finalidad en la vida pronto se convierte en conservarlo todo tan seguro y a salvo como sea posible. Cuando se produce algún cambio, buscamos el remedio más rápido, alguna solución ingeniosa y provisional. Y así, a la deriva, va pasando nuestra vida hasta que una enfermedad grave u otra calamidad nos saca de nuestro estupor.


El libro tibetano de la vida y de la muerte – Sogyal Rimpoché

La labor terapéutica

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Texto de María Colodrón, perteneciente a su libro "Muñecos, metáforas y soluciones"


No entiendo la labor terapéutica como una intervención correctiva de mejora o eliminación. Cualquier solución puede darse porque ya estaba en el cliente aunque él no pudiera verla o acceder a ella. La experiencia y la técnica del terapeuta siempre se quedarán pequeñas en comparación con la fuerza y la capacidad de cambio que tiene cada cliente y cada sistema. Creo sinceramente que cada uno de nosotros, por muy difícil que haya sido nuestra infancia, por muy terribles que hayan sido nuestras experiencias vitales, por muy graves que resulten nuestras circunstancias, puede encontrar la forma de transformar las cargas en fuerza, las carencias en madurez, las limitaciones en crecimiento. Tras el dolor siempre podemos encontrar amor. Si nos damos cuenta de que somos un verdadero “milagro” de la vida (¡cuánta gente ha tenido que encontrarse y amarse y nacer y morir para que nosotros estemos aquí!), que somos únicos e insustituibles, quizás podamos empezar a reconciliarnos con todo lo que tuvo que ser, y con todo lo que no pudo ser, para que seamos quienes somos y como somos. Así, la labor del terapeuta es más la de traductor que la de guionista, la de tramoyista que la de director de escena, la de fontanero que desatasca que la de arquitecto que construye. Necesitamos mostrar a nuestro cliente lo que trae consigo, ayudarle a comprender lo que su malestar esconde, facilitar el espacio adecuado para que descubra en sí mismo la fuerza, la dignidad y los recursos que le son propios y que le permitirán dar los pasos necesarios para realizar un cambio constructivo, para encontrar una solución válida.