Crisis y ego



Para poder entender cómo evoluciona la vida de un ser humano se han tenido que hacer diversos modelos teóricos que intenten explicarlo. Quizás de esta manera se satisfagan un poco las necesidades de comprensión de lo que somos y se calmen al mismo tiempo las sensaciones de insignificancia ante lo inabarcable del misterio humano.
Uno de estos modelos, que además me parece muy fácilmente comprensible, es el que habla de ego y de esencia, palabras que grosso modo describen lo que una persona es (cuando hablamos de ego) y lo que podría ser (cuando hablamos de esencia). El mecanismo es más o menos el siguiente:
Cuando somos concebidos tenemos unas posibilidades de ser, somos esencia. Podemos ser valientes, miedosos, simpáticos, antipáticos, resolutivos, tranquilos, etc. Tenemos la posibilidad de ser cualquier cosa que nos venga bien ser en el momento que estemos viviendo. Pero una de las características de esta esencia, como seres vivos que somos, es la vulnerabilidad. De modo que estando en gestación esta esencia ya se está viendo, en muchos casos, amenazada; está poniendo a prueba su vulnerabilidad al formar parte de otro ser humano, la madre, que está sintiendo sus propias emociones y sensaciones algunas de ellas displacenteras. Esta vulnerabilidad se hace mucho más patente al entrar en contacto con el mundo. Se producen entonces las heridas en este ser esencial, que según el eneagrama son básicamente tres heridas: la herida de muerte o miedo a morir, la herida de vida o miedo al futuro y las dificultades de la vida, y la herida de amor o miedo a que no me quieran y me abandonen.
A la vista de esto, al sentirnos heridos cuando nos encontramos en el mundo y en sociedad, nos protegemos. La defensa que establecemos para poder adaptarnos al entorno en que nos movemos es el ego, personalidad o identidad. El ego por tanto es funcional y se centra en lo que es una amenaza, y tiene éxito sobre todo en el primer entorno, en los momentos en que más vulnerables somos. Y ante estas amenazas vamos repitiendo una manera de defendernos. Adoptamos un comportamiento que se va fijando y que reduce por tanto la plasticidad en las reacciones. Si nos vemos como miedosos ya no podemos vernos como valientes, si nos vemos como tranquilos ya no nos vemos impetuosos,… Reducimos las posibilidades de ser porque sólo nos atrevemos a ser, o nos resulta más fácil ser, de la forma en que nos funcionó en el pasado.
Y así podríamos vivir tranquilamente durante toda la vida si el entorno fuera siempre como lo fue al principio, es decir si siempre fuéramos niños y nuestros padres y hermanos no envejecieran. Pero ocurre que con la edad nos vamos enfrentando a diferentes momentos de crisis, que no es otra cosa que la constatación práctica de que aquello que tan bien nos había servido no sirve para todas las ocasiones. Las crisis traen consigo malestar en forma de culpa, crítico interior, miedo… que son las dificultades debidas a la necesidad de salir del camino al que el ego nos tiene acostumbrados. Lo bueno de esto es que no se trata de machacar al ego ni de dejar de ser como somos, sino que sencillamente se trata de poder probar nuevas maneras de hacer más apropiadas para las nuevas situaciones. Es en estos momentos cuando el ego se convierte en un don, en el sentido de que siempre habrá unas cosas que sabremos hacer mejor que las demás. Si por ejemplo desde pequeño aprendí a ser responsable y de mayor me he encontrado con problemas por ser “siempre” así (ansiedad, preocupación excesiva,…) y cuando entro en crisis me permito ser irresponsable (soy capaz de soltar algunas cosas que me pesan demasiado), el ego, ser responsable, será el don, puesto que para mí me resultará fácil ser responsable en los momentos en que necesite ser así.
Nos encontramos así con que el ego también forma parte de la esencia. No se trata por tanto de restar de nosotros esta manera de ser que nos está trayendo problemas, sino de sumar nuevas maneras de estar en el mundo que nos ayuden a ampliar lo que ya somos. Y todo esto se puede hacer en pos de nuestra libertad y el amor hacia nosotros mismos. Al ego se le agradece que esté ahí, que nos haya protegido y ayudado a sobrevivir reconociéndole el trabajo hecho, y como adultos hacernos cargo de las incomodidades de las nuevas experiencias con la intención de que nos sirvan para poder seguir viviendo de una forma más plena. Es un camino sin fin para seguir aprendiendo, en que el ego se irá relajando o más bien flexibilizando y acercando cada vez más a la esencia, que no es otra cosa que la libertad para vivir desde el amor por la vida.

0 comentarios: (+add yours?)

Publicar un comentario