¿Tengo un cuerpo o soy cuerpo?

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La relación que tenemos con el cuerpo es la de "elemento portador" del YO, como si estuviéramos contenidos dentro del cuerpo. Decimos "mi cuerpo", como si fuera una posesión, de la misma manera que diríamos "mi coche". Y la realidad no es que poseamos un cuerpo, es que somos cuerpo. En un sentido parecido cuando hacemos referencia a una molestia, un dolor de cabeza por ejemplo, estamos entendiendo de forma implícita que ese dolor de cabeza "no soy yo", es algo que pasa que no tiene que ver con el “yo” sino que le pasa a “el cuerpo”. De esta forma el dolor de cabeza es un fenómeno tan ajeno y molesto a “mi mismo” como puede serlo un chaparrón inesperado. Pero si aceptamos que el chaparrón es un fenómeno completamente ajeno a mí que simplemente sucede, ¿podemos decir lo mismo de un dolor de cabeza? 
Nuestro lenguaje está estructurado para pensar de esta manera. Decimos me duele la cabeza (me duele eso que no soy yo) en vez de decir me duelo la cabeza, con lo que se perpetúa la fractura existente entre “el cuerpo” y el “yo” dificultando la posibilidad de asumir la responsabilidad de lo que nos pasa, perdiendo de este modo oportunidades de conocernos mejor y quién sabe si de tratarnos mejor. Imaginemos por ejemplo una situación en la que apenas he podido dormir tres horas la noche anterior y durante el día siguiente tengo un humor de perros. Una persona que no se conoce puede decirse “soy insoportable”; y una persona que conoce lo que le ocurre cuando no duerme puede decirse “¡qué humor de perros que tengo!, hoy no aguanto nada ni a nadie. Mejor que duerma algo cuanto antes.” Por desgracia, y con mucha frecuencia, rechazamos nuestro cuerpo, (no me gusta mi barriga), sin ser conscientes de las manifestaciones de autorrechazo que estamos teniendo hacia nosotros, es decir, me distancio de mi a través de la idea que tengo de mí, porque estamos creyendo, sin ser muy conscientes de ello, que mi cuerpo no soy yo.
Como se ha ido viendo hasta ahora, acostumbramos a vernos a nosotros mismos fraccionando o dividiendo el "YO" y entendiendo por tanto que la razón, la emoción y el cuerpo son elementos separados, que quizás influyan un poco el uno en el otro, pero que no deja de ser un curioso incidente, como cuando me doy cuenta que los días en que estoy muy preocupado (razón) me duele más el estómago (cuerpo).
En esta división, el cuerpo es relegado en importancia a la hora de ser tenido en cuenta. Así lo hemos aprendido en nuestro proceso de socialización, en la que la razón trata de imponerse en lo que se debe hacer y lo que no. ¿Quién hoy en día se atreve a tomar un día de descanso en el trabajo por muy cansado que esté? La realidad social entra en conflicto con nuestra necesidad o nuestro deseo y la razón exige al cuerpo que siga trabajando obedientemente.
¿Qué hacer por tanto ante este dilema que tanto sufrimiento provoca? En mi opinión ahora es más importante que nunca poder escucharnos poniendo atención al cuerpo y procurarnos al máximo lo que estamos necesitando: descanso, contacto físico, risa, etc.; necesidades básicas e imprescindibles para seguir adelante en estos tiempos tan complicados.
Para poder saber lo que necesitamos, lo que nos sienta bien y es bueno para nosotros lo único que podemos hacer es escucharnos con las herramientas que tenemos a nuestro alcance: razón, cuerpo y emoción, sin tomar partido ni priorizar a uno por encima del otro, de la misma manera que no priorizamos en nosotros el sistema respiratorio por encima del sistema circulatorio, que además trabajan conjunta y simultáneamente. No puede existir el uno sin el otro, ni en el ejemplo anterior ni en nuestro sistema cuerpo-mente-emoción, y cualquier separación que hagamos es completamente irreal. No existe esa distinción realmente, sino que la hemos fabricado para poder entendernos un poquito. Somos parte de un todo y lo que hacemos es atender a un aspecto u otro de manera selectiva, ya que no podemos prestar atención a todo lo que nos está ocurriendo simultáneamente. 
La atención es algo se puede entrenar, y si lo que queremos es entrenar la atención al cuerpo lo mejor es que hagamos trabajos corporales: movimiento expresivo, masajes, yoga, meditación, etc. Lo que sea para poder ser capaces de percibir las sensaciones que se van sucediendo una tras otra, continuamente, y a las que no estamos acostumbrados a prestarles atención, salvo a las que son muy dolorosas o muy placenteras. Entre el dolor (que intentamos evitar a toda costa) y el placer (que perseguimos afanosamente) existe toda una gama y un colorido de sensaciones de las que generalmente somos ajenos, que no están más allá de nuestra epidermis y que nos darán una imagen real de la vida que fluye dentro de nosotros.

Movimiento Expresivo y Salud

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El movimiento expresivo es un medio para que la persona pueda realizar un proceso de exploración y autoconocimiento sobre sí misma, en busca de un desarrollo armónico con el que vivir de forma equilibrada. 
Con este trabajo se hacen visibles aspectos desconocidos de nuestra personalidad al identificarlos con trabas físicas y de expresión, pudiendo así liberar o flexibilizar dichas zonas y recuperando recursos de los que disponíamos y que hasta ahora eran desconocidos para nosotros. 
En movimiento expresivo contamos con las herramientas de la música y de las personas que acuden al taller, ya sean instructores o participantes. Mediante la música accedemos a una vía de expresión universal, pues el lenguaje de la música hace que, por ejemplo, una obra de Chopin evoque emociones parecidas en nosotros o en un aborigen australiano. A través de ella podemos entrar en contacto con obras creadas hace muchos siglos o en culturas muy lejanas, o bien rememorar aspectos muy cercanos o familiares con la música que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida. Es un diálogo con el que nos expresamos que va más allá del tiempo y de la cultura, y que puede despertar en nosotros sensaciones y sentimientos ancestrales, como ocurre cuando uno se ve a sí mismo fuerte, instintivo, pisando el polvo de la tierra cuando está sonando un ritmo tribal. Así se activan los reflejos que teníamos dormidos o latentes y que ahora pasaran a formar parte de nuestra plástica corporal y expresiva. 
Además, la música por si misma tiene un ritmo al que nos podemos unir dejándonos llevar y cediendo el control del movimiento al centro motor, dejando así que descanse el centro intelectual, que por un rato no necesitará llevar el control de la situación. Conseguir esto, además de ser relajante, proporciona una gran sensación de equilibrio. 
Lo que también ayuda al descanso de la mente es la imitación de los instructores, ya que los participantes únicamente tienen que ocuparse de moverse, sin preocuparse de si lo hacen bien o mal, y sin necesidad por tanto de utilizar las ideas o pensamientos para decidir o dirigir, pasando de esta manera la mente a ocupar un lugar de la misma importancia que ocupa el resto de nuestro ser: cuerpo, mente y emoción. 
La imitación, principal forma de aprendizaje de los humanos, ayuda a incorporar nuevos matices a nuestra propia plástica. Pensamos que el carácter de cada persona está fijado en el cuerpo, y al incorporar nuevos movimientos o formas de expresión, también el carácter queda en alguna medida modificado, enriqueciendo con ello nuestras formas de respuesta ante los estímulos que nos ofrece la vida. Cuando en el transcurso de un taller expresamos, con todo el cuerpo y toda la voz, emociones que normalmente no se expresan, se descargan tensiones acumuladas y se aflojan las trabas que nos dificultan o nos restan libertad en la satisfacción de nuestras necesidades vitales.

La recuperación del organismo

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A mi entender el hombre completo retorna a la experiencia sensorial y visceral básica, fiándose de todo aquello que le pasa. Cuando esto no es así nos encontramos ante un hombre confundido, dividido entre aquello que está sintiendo y los pensamientos que tiene para regañándose por sentir esto. Sus decisiones se basan más en lo que esperan los demás de él que en lo que quiere él para sí. Esto es así incluso para aquellos que se esfuerzan en contradecir las expectativas ajenas, pues sigue teniendo a los demás en su mirada en lugar de observarse a sí mismo. Dejar de lado lo que los demás esperan significa poder preguntarse ¿qué me pasa? ¿qué quiero? y poder ver de forma realista las satisfacciones e insatisfacciones que cualquier acto me producirá.
Ser realista no es otra cosa que poder ver con absoluta claridad lo que me pasa, aceptando con ello que las cosas no siempre ocurren como creo que deberían suceder, sino que simplemente sucede lo que sucede. Por ejemplo, yo creo que debería amar incondicionalmente a mis padres, pero me doy cuenta de que no sólo experimento amor hacia ellos, sino que también experimento un amargo resentimiento. Aceptar esto significa poder mirarme a mí mismo como una persona que experimenta libremente amor y resentimiento.
Cuando recuperamos la experiencia sensorial y visceral empezamos a equilibrar nuestra manera de estar en el mundo. No filtramos lo que nos ocurre para que la realidad se ajuste a lo que debería ser, sino que junto a “lo que se espera de nosotros” también se tiene en cuenta “lo que nos pide el cuerpo.” Unimos por tanto las reacciones viscerales y sensoriales que tenemos como integrantes del reino animal con las necesidades de socialización que nos hacen humanos. Con esto nos hacemos conscientes de las exigencias culturales, de las necesidades fisiológicas, del deseo de establecer relaciones amistosas, del afán de enaltecerse, de la necesidad de ternura y al mismo tiempo de la hostilidad hacia los otros… Tener todo ello en cuenta, que está sucediendo al mismo tiempo lleva a una conducta equilibrada, realista y estimulante para nosotros y para los demás.
Las decisiones que tomaré en este caso las haré a partir de toda la información que tengo a mi alcance. Conociendo mis propios sentimientos e impulsos, a menudo complejos y contradictorios, las exigencias sociales y lo que me ha ocurrido en el pasado en situaciones parecidas, puedo elegir aquello que más plenamente satisfaga mis necesidades. Una decisión de este tipo no está exenta de equivocación. Puedo elegir mal, pero si mi actitud es la de estar actualizado según la realidad del momento puedo corregir más rápidamente las decisiones erróneas.
En la mayoría de nosotros, los problemas que interfieren en las decisiones provienen de incluir en la consideración elementos que no forman parte de nuestra experiencia y excluyendo otros elementos que sí que la integran. Así por ejemplo una persona puede “pensar” que es capaz de controlarse con la bebida si solo toma una copa de vino, pero si se abre a su experiencia anterior puede darse cuenta de que esto realmente no es así. La persona que descubre que su organismo es digno de confianza siente menos temor hacia sus propias reacciones emocionales aumentando la confianza y el afecto que le despiertan la variedad de sentimientos y tendencias que en él existen. La conciencia deja de controlar un conjunto de sentimientos peligrosos e imprevisibles y acepta la variedad de impulsos, sentimientos y pensamientos que sirven de guía para vivir la vida de manera satisfactoria.

Abrirse a la experiencia

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Tras un proceso terapéutico uno de los cambios que advierte el cliente es el de poder abrirse a la experiencia, en contraste con la actitud de defensa que probablemente había estado manteniendo hasta ahora. 
La experiencia es lo que percibimos del exterior y lo que ocurre en nuestro interior con eso que recibimos del exterior. Esta experiencia es más rica o más pobre en función de la capacidad que tengamos de registrar lo que acontece dentro o fuera de nosotros. Está demostrado que únicamente podemos percibir a través de nuestros sentidos aquellos datos sensoriales que se ajustan a nuestra auto-imagen; el resto de información no la podemos percibir o la distorsionamos por no poder encajarla. Cuando podemos cuestionar esa imagen que tenemos de nosotros mismos, cuando podemos aceptar que quizás la realidad no es lo creemos, es cuando empezamos a flexibilizarnos y a aceptar la experiencia. 
Para ilustrar esto tomemos un caso del que habla Carl Rogers. Se trata de un hombre que llega a terapia sin poder sentir dolor ni malestar libremente, pues estar enfermo significaba, según su código de creencias, ser inaceptable. Tampoco podía sentir amor ni ternura hacia su hija, pues estos sentimientos demostraban debilidad, en contraste con la fachada de fortaleza que él creía que debía mantener. Con el avance de la terapia llegó a aceptar las experiencias de su organismo, a sentir que estaba cansado cuando experimentaba cansancio, a manifestar dolor cuando notaba dolor en el cuerpo, a sentir con libertad el amor que su hija le inspiraba o bien sentir y expresar fastidio hacia ella si era esto lo que le estaba ocurriendo. Pudo vivir plenamente las experiencias de su organismo sin excluirlas de su percepción. 
Aceptar la experiencia es hacernos conscientes de nuestros propios sentimientos y actitudes tal como nos están sucediendo a nivel orgánico, así como percibir con mayor nitidez la realidad del entorno con el que estamos interactuando. Así podemos ver que no todos los árboles son verdes, que no todo el mundo nos rechaza o que las experiencias de fracaso no demuestran nuestra inutilidad pues somos capaces de apreciar y dar valor a los éxitos que conseguimos. En las situaciones nuevas somos capaces de aceptar los hechos tal como son y no los distorsionamos con el objeto de que se ajusten al modelo que nos sirve de guía. Esta capacidad de abrirse a la experiencia nos vuelve más realistas en nuestra actitud frente a la gente y a las situaciones y problemas nuevos, es decir, las creencias pierden rigidez y podemos así tolerar la ambigüedad y soportar gran cantidad de pruebas contradictorias sin vernos obligados a poner fin a la situación.

¿Qué es ser uno mismo

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Poder ser uno mismo o encontrarse a sí mismo es el asunto de base que afecta a la mayoría de personas que acuden a terapia, más allá incluso del problema que les ha traído a terapia (problemas de pareja, de trabajo, de relaciones…) Así lo afirma Carl Rogers en su libro El proceso de convertirse en persona, en el que explica su punto de vista experto sobre lo que significa ser uno mismo y qué es lo que aparece cuando uno se despoja de sus máscaras.
En el proceso de terapia el cliente se da cuenta de que en gran medida sus sentimientos y su conducta son irreales y no se originan en las reacciones de su organismo, sino que esta conducta es una máscara o fachada tras la que se está escondiendo. Descubre que su orientación en la vida sigue unos preceptos que intentan convertirle en la persona que cree que debería ser y no se guía por lo que es en realidad. Se puede dar cuenta de que se mueve por las exigencias ajenas y que parece no tener motor propio, ya que trata de pensar, sentir y comportarse de la manera que los demás creen que debe hacerlo. Según el filósofo Sören Kierkegaard la forma más profunda de desesperación es la del individuo que ha elegido ser diferente de sí mismo.
Está exploración y búsqueda de sí mismo es dolorosa y difícil, pues se enfrenta a la tarea de tener que abandonar actitudes cuya falsedad antes ignoraba. Deshacerse de esta máscara que antes consideraba real puede ser muy perturbador, y sin embargo la persona siente esta necesidad de avanzar para llegar a encontrar el sí mismo. Esta labor es más fácil en terapia, cuando siente que tiene libertad de pensar, de sentir y de ser. Cuando una persona experimenta plenamente los sentimientos de que ES en el nivel orgánico se da cuenta de que está viviendo plenamente, sintiéndose segura al sentir una parte de su sí mismo auténtico.
En la vida existen múltiples razones surgidas del pasado o del presente, o bien razones sociales, que hacen que parezca demasiado peligroso experimentar libremente y de forma completa actitudes y sentimientos que surgen de nuestro organismo. Sin embargo, gracias a la seguridad y a la libertad que ofrece la relación terapéutica pueden ser vivenciados con plenitud y con conocimiento de los límites que representan. Cuando una persona llega a experimentar todas las emociones que surgen organísmicamente de manera consciente y abierta, se experimenta a sí misma con toda la riqueza que en ella existe. Se ha convertido en lo que es.
Llegar a ser uno mismo, por tanto, es dejar de ser una fachada conformista con los demás, dejar de negar cínicamente los sentimientos o de llenar estos de racionalismo intelectual. Se trata de ser un proceso vivo que respira, siente y fluctúa. Ser uno mismo implica descubrir la unidad y armonía existentes en los verdaderos sentimientos y reacciones que le surgen, y no tratar de imponer una máscara a su experiencia o distorsionar su verdadero significado. Se trata de descubrirse naturalmente en las experiencias propias, sin pretender imponerse a ellas.

Terapia y resistencia

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Para la terapia Gestalt, la resistencia tiene una importante función para conservar el equilibrio y la integridad del organismo. No se la considera una herramienta o un mecanismo de la persona, sino que se trata de la expresión de esa persona, su manera de vivir una situación determinada. No se trata por tanto de deshacer la resistencia para que aparezca “el de verdad”, sino que la resistencia y el resistido son lo mismo. En palabras de Kepner, “las resistencias en terapia Gestalt son tomadas como expresiones activas de vitalidad”. 
Aún con esto que acabo de decir, la resistencia tiene algo de indeseable, pues pone freno a la intención de cambio; y sin embargo no se desea eliminarla, pues en caso de poder hacerlo se eliminaría una capacidad de la persona. El trabajo que se quiere hacer entonces con ellas es traerlas a la conciencia. La mayoría de las resistencias no son conscientes ni son reconocidas, ocurren de forma automática y en consecuencia no es posible elegir sobre su expresión. No sirven para adaptarse a entornos diferentes a aquel entorno en el cual se aprendieron. Poner la resistencia al servicio del organismo pasa por hacerla plenamente consciente, aceptada y expresada.

Cansados

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El filósofo Byung-Chul Han en su ensayo,  La sociedad del cansancio, hace una reflexión sobre la sociedad de comienzos de siglo que nos está tocando vivir. En él argumenta que el exceso de positividad trae consigo alteraciones como falta de atención, exceso de actividad, decaimiento y desmotivación ocupacional.

En el siglo pasado existía la tendencia a intentar erradicar todo lo que era extraño a nosotros. Se establecía un mecanismo parecido al procedimiento inmunológico, en el que las defensas del sistema  guerreaban contra lo extraño, aun cuando lo extraño no tubiera ninguna intención hostil. Lo extraño se eliminaba a causa de su otredad. A esta dinámica el autor lo llama negatividad, es decir, negar aquello que nos es extraño. En la sociedad actual las dinámicas son distintas. Los inmigrantes, por ejemplo, ya no se consideran peligros reales, a lo sumo se les considera una carga. Al desaparecer la otredad lo que ocurre es que se da un exceso de positividad con ausencia de lo extraño. La violencia no viene sólo de lo extraño, sino también de lo idéntico. Existe una obesidad del sistema: sistemas de información, de comunicación y de producción. El problema con esto es que ante lo idéntico, ante el exceso, el sistema no detecta ninguna amenaza y por tanto no se produce reacción inmunitaria alguna. Citando a Baudrillard: “En una fase de penuria nos preocupamos de absorber y de asimilar. En una fase pletórica el problema consiste en rechazar y en expulsar. La comunicación generalizada y la superinformación amenaza todas las defensas humanas.” No existe una defensa más indefensa que la que no sabe de qué tiene que defenderse.

El exceso de positividad implica un hacer desmesurado. Es la época de la superproducción, el superrendimiento y la supercomunicación, que lo que producen son agotamiento, fatiga y asfixia por sobreabundancia. Esta violencia no se despliega ante un enemigo, ante lo extraño, sino que se da en el seno de una sociedad permisiva y pacífica. Por esto es menos visible que la violencia viral. Es esta una sociedad en la que nos sentimos mal y además nos sentimos culpables por sentirnos mal, pues tenemos todo lo que podemos desear, lo cual nos quita todo derecho a ese malestar.

La sociedad del siglo XXI ya no es una sociedad tan disciplinaria como la del siglo pasado, sino que es una sociedad del rendimiento. Ya no se trata de obedecer sino de rendir, y además de rendir ante nosotros mismos. Se trata de ser poderosos, en el sentido de poder con todo. Se remplaza la prohibición, el mandato y la ley por los proyectos, las iniciativas y la motivación. De esta manera si en la sociedad autoritaria se generaban locos y criminales, en la sociedad del rendimiento lo que aparecen son los depresivos y los fracasados.
El paradigma que impera es el del rendimiento, un mandato positivo de tú puedes hacerlo. Productivamente este mandato es mucho más eficiente que el imperativo negativo del siglo pasado debes hacerlo. Además, este sujeto sigue disciplinado, pero disciplinado por él mismo. El individuo está obligado a la iniciativa personal, a devenir él mismo, pero esto precisamente es el origen del sentimiento de fracaso, pues no se siente a la altura, está cansado debido a la presión por el rendimiento. Es un hombre que se explota a sí mismo, voluntariamente y sin coacción externa. La autoexplotación es mucho más eficaz que la explotación por parte de otros, pues va acompañada de la idea de libertad. Tampoco en esto existe otredad. El verdugo y la víctima se dan en el mismo individuo. El cansancio es negado, no se puede no poder más, pues en la sociedad lo que impera es la creencia de que nada es imposible. No poder más le lleva al reproche de sí mismo y a la autoagresión.

Ante este desenfreno de actividad, de “maquinalización” del ser humano para que funcione sin alteraciones y rindiendo al máximo, se puede llegar a justificar el uso de sustancias dopantes y drogas inteligentes. Un cirujano que haga uso podrá concentrarse mejor y salvar más vidas humanas.  Pero este proceso produce un cansancio y un agotamiento excesivos.

Handke escribe sobre la soledad y aislamiento de este cansancio:  “… los dos estábamos cayendo ya, cada uno por su lado; cada uno a su cansancio más propio y particular, no al nuestro, sino al mío de aquí y al tuyo de allá. Es un cansancio impotente, incomprensible, que no permite ni mirar ni hablar al otro. Continúa escribiendo:
 No, no le hubiera podido decir: “Estoy cansado de ti”, ni siquiera un simple “¡Cansado!” (lo que como grito común, tal vez nos hubiera podido liberar de nuestros infiernos particulares). Estos cansancios nos quemaban la capacidad de hablar, el alma.
Este cansancio destruye toda comunidad, toda cercanía, todo diálogo. “Aquel tipo de cansancio – sin habla – forzaba a la violencia. Esta tal vez se manifestaba solo en la mirada que deformaba al otro.”

La conclusión que puedo sacar de este libro es que no queda más salida que entregarse a este cansancio, un cansancio silencioso, rendido a las limitaciones de lo humano, en el que se pueda mirar al mundo y a uno mismo. Un cansancio profundo que nace del parar, del mirar, del poder decir No. “El cansancio era mi amigo. Yo volvía a estar ahí, en el mundo” Dejar que surja la inspiración de este cansancio, permitirse no hacer, permitirse ser una persona cansada en lugar de una persona vencedora. No se trata de saber lo que hay que hacer sino de saber lo que se quiere dejar.

El cansancio profundo afloja la atadura de la identidad. Deja de existir esa separación e incomunicación  que divide a unos y otros. No se trata de un cansancio del Yo, sino un cansancio del nosotros. No estoy cansado de ti, sino contigo. “De este modo estábamos cansados y, hablando o callados, disfrutábamos del cansancio común. Una nube de cansancio, un cansancio etéreo nos unía entonces.”


El cansancio del agotamiento es el cansancio que pertenece a la potencia positiva. Incapacita para hacer algo. El cansancio que inspira es el que pertenece a la potencia negativa, el que dice No. Un cansancio que desarma en el que la determinación deja paso a un sosiego. Quizás la sociedad venidera sea la sociedad del cansancio. Cansancio de mí mismo, cansancio de lo que no me ayuda, cansancio de tantas necesidades inservibles…