Poder ser uno mismo o encontrarse a sí mismo es el asunto de base que afecta a la mayoría de personas que acuden a terapia, más allá incluso del problema que les ha traído a terapia (problemas de pareja, de trabajo, de relaciones…) Así lo afirma Carl Rogers en su libro El proceso de convertirse en persona, en el que explica su punto de vista experto sobre lo que significa ser uno mismo y qué es lo que aparece cuando uno se despoja de sus máscaras.
En el proceso de terapia el cliente se da cuenta de que en gran medida sus sentimientos y su conducta son irreales y no se originan en las reacciones de su organismo, sino que esta conducta es una máscara o fachada tras la que se está escondiendo. Descubre que su orientación en la vida sigue unos preceptos que intentan convertirle en la persona que cree que debería ser y no se guía por lo que es en realidad. Se puede dar cuenta de que se mueve por las exigencias ajenas y que parece no tener motor propio, ya que trata de pensar, sentir y comportarse de la manera que los demás creen que debe hacerlo. Según el filósofo Sören Kierkegaard la forma más profunda de desesperación es la del individuo que ha elegido ser diferente de sí mismo.
Está exploración y búsqueda de sí mismo es dolorosa y difícil, pues se enfrenta a la tarea de tener que abandonar actitudes cuya falsedad antes ignoraba. Deshacerse de esta máscara que antes consideraba real puede ser muy perturbador, y sin embargo la persona siente esta necesidad de avanzar para llegar a encontrar el sí mismo. Esta labor es más fácil en terapia, cuando siente que tiene libertad de pensar, de sentir y de ser. Cuando una persona experimenta plenamente los sentimientos de que ES en el nivel orgánico se da cuenta de que está viviendo plenamente, sintiéndose segura al sentir una parte de su sí mismo auténtico.
En la vida existen múltiples razones surgidas del pasado o del presente, o bien razones sociales, que hacen que parezca demasiado peligroso experimentar libremente y de forma completa actitudes y sentimientos que surgen de nuestro organismo. Sin embargo, gracias a la seguridad y a la libertad que ofrece la relación terapéutica pueden ser vivenciados con plenitud y con conocimiento de los límites que representan. Cuando una persona llega a experimentar todas las emociones que surgen organísmicamente de manera consciente y abierta, se experimenta a sí misma con toda la riqueza que en ella existe. Se ha convertido en lo que es.
Llegar a ser uno mismo, por tanto, es dejar de ser una fachada conformista con los demás, dejar de negar cínicamente los sentimientos o de llenar estos de racionalismo intelectual. Se trata de ser un proceso vivo que respira, siente y fluctúa. Ser uno mismo implica descubrir la unidad y armonía existentes en los verdaderos sentimientos y reacciones que le surgen, y no tratar de imponer una máscara a su experiencia o distorsionar su verdadero significado. Se trata de descubrirse naturalmente en las experiencias propias, sin pretender imponerse a ellas.
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