El filósofo Byung-Chul Han en su ensayo, La sociedad del cansancio, hace una reflexión sobre la sociedad de comienzos de siglo que nos está tocando vivir. En él argumenta que el exceso de positividad trae consigo alteraciones como falta de atención, exceso de actividad, decaimiento y desmotivación ocupacional.
En el siglo pasado existía la tendencia a intentar erradicar todo lo que era extraño a nosotros. Se establecía un mecanismo parecido al procedimiento inmunológico, en el que las defensas del sistema guerreaban contra lo extraño, aun cuando lo extraño no tubiera ninguna intención hostil. Lo extraño se eliminaba a causa de su otredad. A esta dinámica el autor lo llama negatividad, es decir, negar aquello que nos es extraño. En la sociedad actual las dinámicas son distintas. Los inmigrantes, por ejemplo, ya no se consideran peligros reales, a lo sumo se les considera una carga. Al desaparecer la otredad lo que ocurre es que se da un exceso de positividad con ausencia de lo extraño. La violencia no viene sólo de lo extraño, sino también de lo idéntico. Existe una obesidad del sistema: sistemas de información, de comunicación y de producción. El problema con esto es que ante lo idéntico, ante el exceso, el sistema no detecta ninguna amenaza y por tanto no se produce reacción inmunitaria alguna. Citando a Baudrillard: “En una fase de penuria nos preocupamos de absorber y de asimilar. En una fase pletórica el problema consiste en rechazar y en expulsar. La comunicación generalizada y la superinformación amenaza todas las defensas humanas.” No existe una defensa más indefensa que la que no sabe de qué tiene que defenderse.
El exceso de positividad implica un hacer desmesurado. Es la época de la superproducción, el
superrendimiento y la supercomunicación, que lo que producen son agotamiento,
fatiga y asfixia por sobreabundancia. Esta violencia no se despliega ante un
enemigo, ante lo extraño, sino que se da en el seno de una sociedad permisiva y
pacífica. Por esto es menos visible que la violencia viral. Es esta una sociedad en la que nos sentimos mal y además nos
sentimos culpables por sentirnos mal, pues tenemos todo lo que podemos desear,
lo cual nos quita todo derecho a ese malestar.
La sociedad del siglo XXI ya no es una sociedad tan
disciplinaria como la del siglo pasado, sino que es una sociedad del
rendimiento. Ya no se trata de obedecer sino de rendir, y además de rendir ante
nosotros mismos. Se trata de ser poderosos,
en el sentido de poder con todo. Se remplaza la prohibición, el mandato y
la ley por los proyectos, las iniciativas y la motivación. De esta manera si en
la sociedad autoritaria se generaban locos y criminales, en la sociedad del
rendimiento lo que aparecen son los depresivos y los fracasados.
El paradigma que impera es el del rendimiento, un mandato positivo de tú puedes hacerlo. Productivamente este mandato es mucho más
eficiente que el imperativo negativo del siglo pasado debes hacerlo. Además, este sujeto sigue disciplinado, pero
disciplinado por él mismo. El individuo está obligado a la iniciativa personal,
a devenir él mismo, pero esto precisamente es el origen del sentimiento de
fracaso, pues no se siente a la altura, está cansado debido a la presión por el
rendimiento. Es un hombre que se explota
a sí mismo, voluntariamente y sin coacción externa. La autoexplotación es
mucho más eficaz que la explotación por parte de otros, pues va acompañada de
la idea de libertad. Tampoco en esto existe otredad. El verdugo y la víctima se
dan en el mismo individuo. El cansancio es negado, no se puede no poder más, pues en la sociedad lo que impera es la creencia de que nada es imposible. No poder más le lleva
al reproche de sí mismo y a la autoagresión.
Ante este desenfreno de actividad, de “maquinalización” del
ser humano para que funcione sin alteraciones y rindiendo al máximo, se puede
llegar a justificar el uso de sustancias dopantes y drogas inteligentes. Un cirujano
que haga uso podrá concentrarse mejor y salvar más vidas humanas. Pero este proceso produce un cansancio y un
agotamiento excesivos.
Handke escribe sobre la soledad y aislamiento de este
cansancio: “… los dos estábamos cayendo ya, cada uno por su lado; cada uno a su
cansancio más propio y particular, no al nuestro, sino al mío de aquí y al tuyo
de allá. Es un cansancio impotente, incomprensible, que no permite ni mirar
ni hablar al otro. Continúa escribiendo:
No, no le hubiera podido decir: “Estoy cansado de ti”, ni siquiera un
simple “¡Cansado!” (lo que como grito común, tal vez nos hubiera podido liberar
de nuestros infiernos particulares). Estos cansancios nos quemaban la capacidad
de hablar, el alma.
Este cansancio destruye toda comunidad, toda cercanía, todo
diálogo. “Aquel tipo de cansancio – sin
habla – forzaba a la violencia. Esta tal vez se manifestaba solo en la mirada
que deformaba al otro.”
La conclusión que puedo sacar de este libro es que no queda
más salida que entregarse a este cansancio, un cansancio silencioso, rendido a las limitaciones de lo humano, en el que
se pueda mirar al mundo y a uno mismo. Un cansancio profundo que nace del
parar, del mirar, del poder decir No. “El
cansancio era mi amigo. Yo volvía a estar ahí, en el mundo” Dejar que surja
la inspiración de este cansancio, permitirse no hacer, permitirse ser una persona cansada en lugar de una
persona vencedora. No se trata de saber lo que hay que hacer sino de saber lo
que se quiere dejar.
El cansancio profundo
afloja la atadura de la identidad. Deja de existir esa separación e
incomunicación que divide a unos y otros.
No se trata de un cansancio del Yo, sino un cansancio del nosotros. No estoy
cansado de ti, sino contigo. “De este
modo estábamos cansados y, hablando o callados, disfrutábamos del cansancio
común. Una nube de cansancio, un cansancio etéreo nos unía entonces.”
El cansancio del agotamiento es el cansancio que pertenece a
la potencia positiva. Incapacita para hacer algo. El cansancio que inspira es
el que pertenece a la potencia negativa, el que dice No. Un cansancio que
desarma en el que la determinación deja paso a un sosiego. Quizás la sociedad
venidera sea la sociedad del cansancio. Cansancio de mí mismo, cansancio de lo
que no me ayuda, cansancio de tantas necesidades inservibles…
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